Foto: estebandid
Resulta que con esto de que me voy a La Paz mi búsqueda de chamba no ha sido tan exhaustiva como hace unos meses.
Pero en un mismo día me llamaron de dos empresas, las cuales me ofrecieron una vacante en su empresa.
Acepté la primera entrevista (porque si la oportunidad y la paga es buena, chao-chao La Paz) y el día de antes de ayer salí temprano de casa con destino a la primera entrevista.
Empezamos mal, llegué cinco minutos tarde, cinco minutos que para mí equivalen a una hora; los que me conocen saben que normalmente llego con quince o incluso veinte minutos de anticipación al lugar que sea: entrevista, tono, reunión familiar, discoteca; todo.
La avenida Javier Prado me jugó una mala pasada, el carro en el que iba se quedó quince minutos estancado, no avanzaba ni un puto centímetro. Así que me bajé del bus y caminé las siete u ochos cuadras que me separaban de mi destino.
Llegué a la empresa, no había nadie, me presenté ante la recepcionista y después de revisar unos papeles me dijo que esperara. Tiempo de espera: veinte minutos. Después de todo no se dieron cuenta de mi tardanza.
En fin.
La cosa es que después de una larga espera, la recepcionista me llevó a una oficina; en ella se encontraba una señora que, calculo, tendrá unos treinta y pocos años, era una de las Gerentes de la empresa y, si todo sale bien, seré su asistente.
En mitad de la entrevista recibió una llamada a su móvil; al parecer era una amiga que, en ese momento, en plena entrevista, le contó las ultimitas.
Luego de otro tiempo de espera -entre risas y "te cuento lo que pasó, no me vas a creer"- me dijo que espere la llamada (esa maldita frase) para empezar cuanto antes con el trabajo.









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